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MARATON DE MARDEL


Temprano a la mañana miles de personas se despertaron en Mar del Plata. Prepararon sus bolsos, chequearon que no faltara nada, y salieron de sus casas u hoteles. Algunos fueron en familia, otros con amigos, y la minoría lo hizo en solitario, para hacer la suya.

Esta escena, tan cotidiana en verano, ahora tuvo una particularidad: Toda esa gente (cerca de seis mil personas) no fue a meterse al mar ni a tomar mates en la playa. Todos fueron a correr 10, 21 o 42 kilómetros, bordeando el mar, mirándolo, deseándolo (el calor intenso invitaba al chapuzón), pero sin tocarlo, al menos no hasta que el deber estuviera cumplido.

Un circuito circular, por el que quienes corrieron la maratón tuvieron que pasar dos veces, exigió las piernas y los espíritus de los corredores. Muchas cuestas pusieron a prueba los meses de entrenamiento, y el calor agregó una excusa más (que un corredor no usará, obvio…).

Ya apenas llegando al primer kilómetro, apareció el mar en el horizonte, provocando gritos de admiración. Alguno hasta llegó a quejarse en voz alta de que algunos prefirieran ir a correr a Miami o París teniendo semejante espectáculo cerca.

Luego de llegar hasta la punta de la escollera norte y pegar la vuelta, los primeros diez kilómetros significaron el final de la jornada para quienes llevaban puesta la musculosa azul de la carrera. Rosas y verdes, a seguir corriendo.

El ganador de la carrera más corta de la jornada, Agustín Cichilitti, no se aguantó las ganas, se deshizo de sus zapas, y pegó un pique hasta el mar para refrescarse. Fue el primero en hacerlo, pero no el único.

El tiempo siguió pasando y, después de doblar antes de llegar a Parque Camet, los medio maratonistas, junto a los maratonistas completos, doblaron para pasar nuevamente por la zona de largada y llegada. Florencia Borelli, para alegría de Leo Malgor (su entrenador, y quien diseñó el recorrido), ganó la media maratón. También marplatenses y entrenados por Malgor fueron la ganadora de los 10k, Sofía Luna, y el ganador de la maratón, Mariano Mastromarino, que en la última recta recibió todo el cariño de su gente y fue palmeando manos.

La actividad del “equipo rosa” terminó, y sólo quedaron remeras verdes y caras de cansancio dando una segunda vuelta al circuito. Lo duro del recorrido, quizá, haya agregado algo de emoción al terminar con la durísima prueba. Así, al menos, lo demostraban las explosiones repentinas bajo el arco de llegada.

Una vez concluida la tarea, y después de haber sufrido con el calor y las cuestas, llegó el momento de disfrutar de ese mismo calor, sacarse las zapatillas, y sentir la arena entre los dedos.

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JUAN