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LA MISION | SOFI CANTILO


Inquieta, su mente se puebla de historias su cuerpo el sólo memoria es eso que hay que sentir con Paciencia infinita…”
Los Tipitos, “Campanas en la noche”

Horacio Quiroga, en su Decálogo del perfecto cuentista, dice que no hay que escribir bajo el imperio de la emoción, sino que hay que dejarla morir, y evocarla después. Claramente, Horacio Quiroga nunca quiso relatar una carrera porque, a medida que pasan los días, las emociones se vuelven más y más intensas. O eso me pasa, al menos, a mí: con el correr de los días, voy recordando más y más momentos y sensaciones que fui viviendo a lo largo de las casi 31horas que me llevó hacer La Misión.

Quizás también sea porque La Misión no es una carrera “común”, y eso se vive en cada momento: quizás porque es la única carrera de 160k de Sudamérica, o por que sube cinco montañas hasta sus cimas y transita por sus filos, o porque recorre siete valles cruzando incontables veces los arroyos que los atraviesan.

Desde el momento de la charla previa, con el Guri haciendo chistes y las imágenes imponentes de las ediciones pasadas, los comentarios con otros corredores, los nervios… La preparación de la comida y las bolsas (con más comida) que iban a cada cantina, los elementos obligatorios y el equipo de carrera, los nervios… El desayuno previo, la elección de las zapatillas, las charlas con mi entrenador y con mis amigos, y más nervios… Y finalmente, la caminata hacia el arco, el chequeo, y la emoción total en mi cara, y en la cara los cientos de corredores alrededor mío. Sonrisas cómplices, manos apretándose, alguna lágrima.

Cruzar la Villa riendo, y pensando en el momento en el que des-andara mis pasos, mirar a la gente que está mirándonos, y cruzar palabras cómplices con otros corredores. Enseguida al camino, y empezar a hacer chistes con un grupo de chicos de allí, que estaba corriendo. Entrar al sendero y subir. Bajar el ritmo recordando que quedan más de ¡¡¡156!!! Km y aún queda mucho, pero mucho, por subir. Encontrar a un suertudo que va a ir a UTMB este año, y contarle todo lo que a mí me hubiese encantado saber antes de ir a UTMB. Ser feliz, recordando otros momentos felices. Olvidar lo pesado que se va poniendo el sendero, con tanta arena volcánica.

Todavía somos muchos los que vamos juntos, y los comentarios son variados cuando la arena va dejando lugar a las rocas, y la subida se pone más y más perpendicular al suelo (a un suelo “normal”, claro está). Soy inmensamente feliz de tener mis bastones conmigo, aunque de a ratos conviene dejarlos colgando y ayudarse con una mano. Por la arena y las piedras sueltas, el terreno invita a patinar. “Guarda, ¡a mirar bien!”, dice uno. Tiene razón, a los costados está el infinito.

Esta edición tuvo un cambio en el principio y final del recorrido respecto del 2012: se subía primero el Cajón Negro, y se bajaba a Villa La Angostura por el cerro Bayo. Así, la maravillosa bajada del Cajón Negro de la edición pasada, que yo recordaba como algo tan divertido y feliz, fue reemplazada por una súper técnica y rocosa, empinada. Mirar con cuidado el terreno. Cada tanto, levantar la vista y encontrarte con el paraíso. Subir al Buol. Sentirte en la cima del mundo. Comprobar, una vez más –como tantas-, que la Patagonia es el lugar más bello del mundo.

Volver al bosque, charlando con desconocidos de temas que cuesta hablar hasta con íntimos amigos. Así son estas carreras. Eso es lo que amo de la ultradistancia, cualquier otra carrera es demasiado rápida como para permitir estas licencias. Enseguida engancho a la chica que venía segunda en los 80k, y vamos juntas. Subimos, bajamos. Hablamos de nuestros hijos, hablamos de si queremos tener más hijos. Subimos, bajamos. Cruzamos arroyos. Subimos, bajamos. Pasamos el col Tres Nacientes. Subimos, bajamos. Pasamos el col Arroyo Bonito. Subimos, bajamos. Llegamos a Corral Redondo, donde la esperan su marido y su hijo. Me agarra un nudo en la panza, me emociono por ella. Cierro los ojos y pienso en mi enano blondo, en qué estará haciendo.

Empieza la subida al OConnors. Se acabó lo de subir y bajar. Ahora es subir, y subir, y subir. El terreno se semeja al de los médanos de Pinamar, pero con una “pequeñíiiiisima” diferencia de altura. Se torna pesado pero, cuando uno mira hacia atrás, el paisaje es increíble. Llegamos a un pequeño bosque, pero la subida, si bien amaina, no desaparece. Después: paisaje lunar. Arena, piedras, y la nada. Yo recordaba al OConnors como un cerro duro, todo de roca. Pero iba hundiéndome hasta los tobillos –y más- a cada pisada, y no entendía de dónde había salido toda esa arena… Correr por el filo era realmente impactante: entre el viento, las cadenas que había alrededor nuestro, el lago, y el Tronador inmenso, nevado, impactante, en frente, uno no sabía hacia dónde mirar. Y, encima, el atardecer. Crónica de un momento maravilloso, realmente…

Ahora, sólo quedaba bajar por el bosque hasta las afueras de la Villa, llegar al camino y empezar a encontrar gente que saludaba. Ya era de noche cuando llegué al Camp1. Todos los encargados de hacer los chequeos te recibían con una onda increíble y hacían chistes, y eso realmente te renovaba la energía. Comí una hamburguesa, recargué la mochila con agua, Gatorade y comida, me puse la remera de manga larga y los guantes, y sali. Quedaban varios kilómetros por la ruta, antes de encarar para el Buque.

El sendero que entraba en el bosque era una belleza, por lo que la linterna frontal me permitía ver. Cada tanto barría con la luz, y veía ojos que me miraban fijo desde entre las pantas. Traté de no barrer más. Mejor no saber nada, por las dudas. Al rato me encontré con Eduardo y Paul, dos corredores que estaban llevando un ritmo un poco más fuerte que el mío. Mi primer instinto fue dejarlos ir, pero después me di cuenta de que no me convenía quedarme sola a la noche, y apreté el paso.

Empezamos a charlar de carreras, como siempre: de edición pasada de La Misión y de UTMB (se ve que ambos eran temas obligados), de equipamientos, estrategias. Después, de la vida: Eduardo hablaba de su mujer con una admiración tal, que me hacía emocionar; y Paul me contaba cosas de sus hijos, como cuando fue al Aconcagua con una de sus hijas, y yo pensaba en si algún día podré hacer algo así con el mío… Así llegamos y pasamos Tapera Linda, y subimos al Col Estacas, con el viento y una helada terrible alrededor nuestro, pero entretenidos. Ellos salvaron mi noche, la pasé increíble a su lado. Y empezó a amanecer.

Hacía mucho frío y veníamos de mojar nuestros pies una y otra vez cruzando arroyos. Para evitar mojarme cruzando el Piedritas, quise inventar un camino por unas rocas que, obviamente, resultó infructuoso: terminé metida hasta la cintura en el agua. Empecé a tiritar y los dientes me castañeaban sin parar. Pensé que me iba a agarrar hipotermia, que la carrera se me acababa, ¡que tantas cosas! Pero tuve un lapsus de lucidez, y les dije a mis compañeros que me iba, que tenía que subir lo más rápido que pudiera, porque necesitaba entrar en calor. Y eso hice, a pesar de la enorme pendiente de la subida y del terreno. En la mitad de la subida alcancé a algunos corredores, y ahí me di cuenta de que Paul venía conmigo. Felicidad. Recién arriba, ya pasando el bosque, me abrí un poco la campera.

Empezamos a bajar y se veía el lago, se veía Traful. Casi se veía el Camp2. Pero la bajada era larga y, sobre el final, ya no habían marcas. Por suerte estaba Paul detrás mío, que sabía para dónde ir. Llegando a la Villa, nos encontramos con Gustavo Reyes, que estaba reponiendo las marcas que alguien había sacado. Eran las 8 de la mañana, y Traful parecía un pueblo fantasma. En el Camp2 estaban sólo los encargados y quienes preparaban la comida, pero igual la llegada fue una fiesta: sonrisas, energía, alegría. Comimos guiso de lentejas y de nuevo a recargar la mochila con agua, Gatorade y comida. Me venían molestando mucho las plantas de los pies, así que me saqué zapatillas y medias para sacudirlas, y me las volví a poner. Sabía que tenía ampollas, y los pies lastimados, pero prefería no verlos, que quedara en suposiciones y no realidades.

Salimos por la ruta, un poco trotando, un poco caminando. El camino se hacía largo, pero al lado de Paul pasaba más rápido: me contaba de otras carreras, de los IMs que había corrido, de su mujer, de sus hijos. Entre que era altísimo, y que su hija más grande era dos años más chica que yo, como que me sentía súper protegida a su lado. Pensaba en mi Papá, y en cuánto me hubiese gustado compartir algo así con él. Ya entrados en el bosque de nuevo, a mi los pies me molestaban cada vez más, pisar me era una tortura. Paul, en cambio, seguía bien, pero me iba esperando. Le dije que se fuera, pero no había caso, se quedaba. Tuve que insistirle, hasta que entendió que es así: somos compañeros de ruta el rato que podemos, pero después cada uno tiene que hacer su carrera.

El bosque se me hizo realmente interminable. Todo el tiempo escuchaba voces detrás de mí, pero me daba vuelta y no había nadie. También sentía pisadas… Las plantas de los pies me dolían muchísimo, y cada arroyo que había que cruzar lo sentía tortuoso. Pero esos son, precisamente, los momentos que valen en la ultra distancia: los momentos de sufrimiento corporal y quiebre mental, en los que hay que sacar fuerzas no se sabe bien de dónde, y seguir. Hay que conectar con cada fibra del cuerpo y tener mucha paciencia, y seguir adelante. Dar un paso más, y un paso más, y un paso más. Y aliarse con el dolor.

sofipodio

Llegar a la base del Bayo fue alucinante, me recibieron entre saltos y gritos, y eso era exactamente lo que necesitaba: energía en su máxima expresión. -Tenés 1h20’’ hasta arriba, por el camino.

-No, no. No puedo pisar, me duelen mucho los pies.

-Bueno, entonces 1h30’’.

-¡No! ¡Más! ¡¡¡Te digo que no puedo pisar!!!

-Mirá el reloj, y mañana me decís.

Creer, o reventar: 1h30’’ después, pasaba el control de arriba del Bayo y me iba, por el filo, hasta la cima. Impresionante, el mundo era mío: hacia un lado, por donde tendría que bajar, nadie: hacia el otro, por el camino por el que había subido, tampoco. Estaba completamente sola…

Empecé a escuchar, a lo lejos, el ruido de un helicóptero. Cada vez más y más fuerte, hasta que apareció frente a mi. Sentía el viento de la hélice, podía ver a la gente que se asomaba filmando y sacando fotos y, sabiendo que se trataba de Martín Papalía y Diego Costantini, los saludaba desesperada con los bastones. Me agarró una emoción enorme, y empecé a lagrimear.

Me quedé sola para bajar. Lo peor de todo era que entre la arena escondían algunas piedras que, cuando las pisaba, me hacían ver las estrellas. Finalmente, el bosque. Empecé a decirme a mí misma que no me excitara, que aún faltaba mucho. Guardé los bastones, ya no los necesitaba porque no quedaban subidas, y para bajar me molestaban. Todo el tiempo trataba de reconocer el camino, pero nada. Apareció un cartel que decía que VLA estaba a 30’. De nuevo calmé mi cabeza: “No, faltan 40’, y eso para llegar al camino”. Y así, el en una curva, el camino me sorprendió.

Me olvidé totalmente de la planta de los pies, y empecé a correr. Me sentía liviana, floja, feliz. De pronto me acordé que el camino era largo, y pensé en caminar un poco por las dudas, pero enseguida me di cuenta de que era un disparate: realmente me sentía bien, además, cuanto más rápido fuera, antes terminaría, así que me solté más. Y llegué a la calle principal de la Villa, empecé a correr por la calle, al costado de los autos, y la gente se sorprendía al verme. Del local de Aquiles, todos runners, salieron a gritarme. Felicidad pura. En la esquina del ACA, a doscientos metros de la llegada, apareció un ex compañero de entrenamiento que ahora vive allí. Emoción total ver una cara conocida y agarrar la remera de mi grupo. Me gritó que lo tenía a Marcelo Perotti, mi entrenador, en el teléfono. De golpe me sentía haciendo una pasada de 100. MISIÓN CUMPLIDA.

Con el correr de los días, todo va pasa: los pies vuelven a su tamaño normal, los tobillos se deshinchan. Las ampollas se curan, las uñas se caen y dejan de molestar. Cada músculo se recompone. Lo que no pasa nunca, la alegría de compartir tantos momentos con personas que no son parte de nuestra vida, y sin embargo la tocan de una manera tan especial, los paisajes que quedan marcados en nuestras retinas para siempre, la sensación de haber sido capaces de superar cada obstáculo del camino, emoción de haberlo logrado…

Somos unos privilegiados.

 

Q ES LA MISION


La Misión, una autentica aventura,  la carrera de Trekking o Ultra Trai más espectacular y apasionante de Sudamérica y única en el mundo por su formato de expedición de 160 km y 8500 metros de desnivel acumulado en cuatro días y tres noches non stop!.

La esencia y el espíritu de “esta”carrera tiene que ver con la extraordinaria experiencia que se vive durante esos cuatro días y tres noches caminando por los más espectaculares paisajes de la Cordillera de los Andes, en plena Patagonia Norte de la Argentina.

La Misión es una carrera que se corre en libertad porque como no hay horarios de cortes, cada uno elije su ritmo de marcha y elije donde para a  acampar para dormir. Una persona puede completar todo el recorrido solo haciendo trekking y parando a dormir las tres noches.

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